$34.900
| Dimensiones | 21 × 13,5 cm |
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Sin existencias
A veces es la mesa de un bar, a veces una esquina de barrio, a veces un colegio o un liceo, a veces un viaje en común. El tópico de la barra de amigos admite o promueve diferentes coordenadas. Las que elige Patricio Rago en Homo ludens son las del hockey y las de un club. Es ahí donde pone a funcionar una formidable máquina narrativa, porque la barra de amigos (o sus variantes: el grupo de pibes, la “Banda del Secador”) resulta una usina inagotable de historias que contar y personajes que evocar. Una gira, los asados, el vestuario, el tercer tiempo disponen los rituales que expanden lo que en principio sucede en la cancha: tiem-po y lugares para el hedonismo gozoso de jugar y divertirse (aunque hay espacio para el dolor, para pensar o para sufrir, tanto en la barra como en Homo ludens). El olvido, por sí solo, puede que vaya haciendo lo suyo. Patricio Rago, en cualquier caso, se decide a contrarrestarlo: colecciona pequeños tesoros memorables, sin tener que hacer siquiera el esfuerzo de recordar. Por eso dice, en más de un momento, “lo que sigue lo tengo que contar en presente”. Porque, aunque se trate de cosas que han ocurrido hace tiempo, acuden siempre a un ahora al que las convoca la emoción. Homo ludens es, en más de un sentido, un libro sentimental. El tipo de sentimentalidad que, en un mundo de hombres solos, se permiten los varones cuando creen que ninguna mujer los ve. -Martín Kohan
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